
El seguimiento del alimoche en el Montseny y Sant Llorenç del Munt i l'Obac confirma una tendencia positiva de la especie en Cataluña Central y Oriental. En el Montseny, la pareja reproductora sacó adelante dos pollos que fueron anillados con aproximadamente entre cuarenta y cincuenta días de edad.
Es el tercer año consecutivo con anillamiento en este parque. La continuidad indica que la reproducción se consolida, pero no significa que la especie haya dejado de necesitar protección. En otras zonas de la península Ibérica mantiene un declive y una población local pequeña puede ser vulnerable a cambios de alimento, molestias o mortalidad.
Qué aporta el anillamiento
El equipo toma medidas biométricas y muestras que permiten estudiar salud, dieta, movimientos y supervivencia. Las anillas identifican ejemplares cuando vuelven a observarse y ayudan a relacionar territorios de cría, migración y regreso. El procedimiento se realiza por personal especializado para limitar estrés y tiempo en el nido.
También se recogen restos de alimento. El alimoche aprovecha recursos asociados a la ganadería extensiva y otras fuentes disponibles en el territorio. Conocer su dieta sirve para detectar cambios y valorar si determinadas prácticas rurales contribuyen a mantener la población.
Una colaboración de varias instituciones
El trabajo lo desarrolla el Equip de Biologia de la Conservació de la Universitat de Barcelona y el IRBio, con apoyo de la Xarxa de Parcs Naturals, el Grup de Suport de Muntanya dels Agents Rurals y el Institut Català d'Ornitologia. La coordinación permite acceder con seguridad, analizar muestras y mantener series de datos comparables.
El seguimiento abarca territorios ocupados y éxito reproductor en los dos parques. Una noticia sobre pollos anillados no debe usarse para revelar localizaciones de nidos. Las molestias durante la cría pueden provocar abandono y la observación responsable mantiene distancia.
Recuperación no equivale a abundancia
Una tendencia positiva se calcula a partir de varios años y parámetros, no de una fotografía aislada. Hay que distinguir parejas territoriales, intentos de reproducción, pollos nacidos y jóvenes que sobreviven. Los resultados futuros pueden fluctuar sin invalidar automáticamente la recuperación ni garantizarla.
Quienes visiten los parques deben seguir caminos, restricciones y normas de observación. Alimentar aves, acercarse a cortados o usar drones altera comportamiento y puede ser ilegal. Las imágenes con teleobjetivo no justifican abandonar un itinerario autorizado.
El tercer año consecutivo aporta una señal valiosa y dos nuevas crías identificadas para la ciencia. La conservación continuará dependiendo de alimento seguro, tranquilidad, reducción de amenazas y seguimiento a largo plazo. Publicar los resultados sin exponer nidos permite compartir el avance y proteger al mismo tiempo aquello que se estudia. Los próximos años mostrarán si los jóvenes regresan, ocupan nuevos territorios o sufren mortalidad en migración. Esa información necesita colaboración entre regiones y observadores. Un buen año reproductor no compensa amenazas acumuladas, pero sí ofrece datos para ajustar medidas y reconocer el papel del mosaico rural que alimenta a la especie. Cada lectura de anilla ampliará esa historia compartida. La comparación entre territorios permitirá detectar en qué fases del viaje se concentran los riesgos y orientar allí la protección.





